El Gobierno de Macri y la gestión papal de Francisco desde la llegada de Trump

Los proyectos previos de Macri y del papa Francisco se han desvanecido. El único proyecto regional que sigue vigente es el de China

Mauricio Macri y el papa Francisco son personas que ocupan por primera vez un lugar de gran significación. Uno, como presidente de la Argentina y el otro, como jefe del Estado Vaticano. Decimos por primera vez porque Macri es el primer presidente argentino que no pertenece a ninguno de los dos partidos políticos que gobernaron la Argentina desde que se instauró la democracia, en 1916. Por su parte, Francisco es el primer Papa argentino y el primero latinoamericano desde que Pedro fundó la Iglesia Católica, hace dos mil años.

Tienen también en común que ambos son argentinos de primera generación, hijos de inmigrantes italianos, uno, del Piamonte, el otro, de Calabria. Ambos llegaron al poder en forma un tanto sorpresiva, no formaban parte de los proyectos de los círculos del poder; en la Argentina, del “círculo rojo” y en el Vaticano, de las poderosas curias italiana y norteamericana.

 

Por otra parte, sorpresivamente, a poco de sus respectivas llegadas, el escenario internacional se modificó brutalmente para mal de sus proyectos políticos. Los Estados Unidos cambiaron y comenzaron a ser gobernados por una figura que no pertenecía al sistema político de Washington, que modificó la política exterior de la primera potencia mundial.

 

Los continuos enfrentamientos con sus históricos aliados y las ideas que el presidente Barack Obama había propulsado para la región latinoamericana desaparecieron; se transformaron en desinterés y en un aislamiento constante que no han ayudado a solucionar los principales problemas regionales

La lenta desaparición del socialismo del siglo XXI, nombre por demás elegante para disfrazar un populismo de izquierda viejo y demagógico, y la aparición de Donald Trump han dejado a la región en una constante contradicción y parálisis. No ha surgido una idea fuerza que aglutine y una a los gobernantes, que los ayude a resolver el problema fundamental, que es el de la pobreza, que cada vez es mayor, y que significa el principal escollo para consolidar las incipientes y débiles democracias.

El papa Francisco, que había llegado a su papado imbuido de la doctrina social de la Iglesia y con la decisión de avanzar en la integración de las poblaciones indígenas y reducir la enorme cantidad de marginados que pulula en el subcontinente, ha visto, a partir de la llegada de Donald Trump al poder, el resurgimiento de viejos conflictos que se consideraban superados y que le impiden avanzar, como el aislamiento de Cuba, la separación de México de América del Norte, la división de América del Sur, la definitiva consolidación de un gobierno autoritario en Venezuela, entre otros.

 

Esta situación que hace que el Papa no pueda mantener una relación apropiada con los Estados Unidos debilita el proyecto papal. Por otra parte, muchas de las jerarquías de las iglesias latinoamericanas se encuentran divididas y enfrentadas. Los sectores conservadores de la Iglesia lo sabotean. No logra imponer la idea de justicia social y avanzar en el castigo a los cómplices de los abusos sexuales, lo que aleja a los jóvenes de las vocaciones latinoamericanas que son irreemplazables para el futuro de la Iglesia Católica.

 

En el mismo sentido que el papa Francisco, Macri necesitaba, para realizar un gobierno exitoso en lo económico, inversiones, fundamentalmente norteamericanas. Ese apoyo americano no se cumplió, primero, porque el dinero es cobarde y se traslada donde tenga seguridades, y la Argentina de hoy no es aún un lugar seguro para invertir en sectores productivos. En segundo lugar, porque a Trump la Argentina no le interesa, como no le interesa el sur del continente. Ya con el centro, el Caribe y México tiene bastante en qué ocuparse (del tema migratorio sobre todo) y está llevando en muchos casos una política de la época de la Guerra Fría con Cuba y Venezuela, y con resabios xenófobos con México y Centroamérica.

 

Es decir, salvo el apoyo para volver a ingresar en el sistema general de preferencias y la compra de algunos limones, la ayuda no existe, por el contrario, cada vez se ponen más trabas a las exportaciones argentinas, que traducen el núcleo de la política exterior de Trump con el subcontinente “America First”.

 

Llegado al poder fundamentalmente por los errores tácticos y estratégicos de Cristina Kirchner, Macri creía que inevitablemente los Estados Unidos (de Clinton) lo iban a ayudar a dejar atrás el populismo en la Argentina y lo iban a poner como un ejemplo a seguir en toda la región, convirtiéndolo en un farol que irradiaría luz a la sombra que dejaban los populismos; iba a sacar de la caverna a quienes no habían visto lo que habían dejado Hugo Chávez y Cristina Kirchner, entre otros.

 

Creía disponer de la complicidad del papa Francisco, al que descontaba como aliado, ya que conocía su mala relación con la familia Kirchner cuando era el obispo Jorge Bergoglio. Pero el Papa tenía, como vimos, otros planes y, con el triunfo de Trump, la grieta se fue ampliando y un Macri, primero, confundido y, luego, fastidiado se fue alejando de la Iglesia y de su doctrina. Decidió avanzar solo, sin ayudas celestiales, acercándose a Trump, con una mezcla de neoliberalismo con un poco de populismo.

 

A las dificultades económicas históricas de la región se le debe sumar la aparición activa de China, que aprovechó la desatención de los Estados Unidos y la crisis político-económica del Brasil. En este cóctel se debe situar y analizar la mala relación del papa Francisco con Macri.

 

En síntesis, los proyectos previos de Macri y del papa Francisco se han desvanecido. El único proyecto regional que sigue vigente es el de China, que, al verse favorecida precisamente por este desconcierto regional y ante la desaparición de los Estados Unidos, encuentra un gran espacio para avanzar lenta pero firmemente en su presencia comercial y de inversiones en la región.

 

La silla se dejó libre; China la aprovecha y la va a seguir aprovechando, y no por aplicar la doctrina social de la Iglesia, como livianamente expresara un obispo cercano al Papa, ya que la dirigencia china no la conoce (como tampoco reconoce al Papa), sino porque hace más de cinco mil años viene luchando para construir y consolidar una poderosa nación y lo está logrando de nuevo, como lo fue hasta el siglo XVI.

 

Este ejemplo, la idea de una nación con un destino común, debería ser objeto de reflexión de los argentinos.

Esta nota fue publicada en el diario Infobae el día 4 de Marzo de 2018

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El voto argentino en la ONU

Semanas atrás, Turquía y Yemen presentaron un Proyecto de Resolución ante la Asamblea General de la ONU para tratar de detener la ejecución del trasladado de la embajada en Israel desde Tel Aviv, ciudad donde se encuentran la gran mayoría de las embajadas acreditadas en ese país, a Jerusalén. Esta “mudanza” de la sede diplomática americana, deja de ser un detalle geográfico. Muchos Estados (incluido el Vaticano) han proclamado que Jerusalén no debe ser considerada como la Capital del Estado de Israel, sino que debe negociarse internacionalmente un Status especial, dado que posee para las tres grandes religiones monoteístas (la Cristiana, la Judía y la musulmana) lugares de importancia sagrada.

El Proyecto de Turquía y Yemen, instando a que Estados Unidos volviera atrás en su decisión de trasladar su embajada a Jerusalén, obtuvo el apoyo de 128 Estados. Hubo 35 abstenciones y nueve votos en contra, por lo que fue aprobada la Resolución, ES 10/L22 Previamente a ello, la semana anterior Egipto había presentado un texto similar ante el Consejo de Seguridad que fue apoyado por una inmensa mayoría (14 de 15 Estados Miembro) pero no logró ser aprobado por el veto que realizó la Representante de los Estados Unidos.

En síntesis, la falta de apoyo al gobierno de Donald Trump en este tema, resultó llamativo, aliados estratégicos occidentales tradicionales, como Francia y el Reino Unido no lo acompañaron, en un claro mensaje crítico de la política exterior unilateral de los Estados Unidos, en general y para Medio Oriente en particular.

Lo llamativo fue la posición argentina que si bien no votó en contra de la Resolución, se decidió por la abstención (que es una forma de votar en contra de una manera menos frontal). Es decir que en esta ocasión el voto de nuestro Representante Permanente en la Asamblea General, en abstención, se separó de la tradicional posición argentina de proclamar a Jerusalén con un Status especial y no reconociéndola como la capital de Israel. Pocos Estados occidentales acompañaron la abstención Argentina, ya que España, Italia, Alemania y Brasil, votaron a favor de la Resolución, entre muchos otros.

No nos parece haber elegido la posición acertada y conveniente para nuestros intereses nacionales, al haberse alejado de nuestra histórica política exterior en el conflicto Arabe-Israelí Para algunos observadores extranjeros la amenaza de la Representante de los Estados Unidos Nikki HALEY en el sentido de que no se iba a olvidar del voto de “aquellos países que nos contradigan” impulsó algunas modificaciones del voto de ciertos gobiernos.

El gobierno argentino, creemos cometió no solo un error de cálculo diplomático, dado que la Unilateralidad de la política exterior de Trump tiende al aislamiento de los Estados Unidos y al fracaso, sino que, de cara al futuro, se involucró fuertemente con una de las partes del conflicto de Medio Oriente modificando una posición que, desde la creación del estado de Israel, siempre la Argentina trató de mantener equidistante.

Esta nota fue publicada en el diario Clarín el día 4 de Enero del 2018

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El futuro del peronismo

Después de las derrotas electorales y con menor apoyo popular, no saben desde dónde oponerse ante un adversario que les ganó el centro y con un radicalismo oficialista que también lo quiere para sí

Después de 72 años, el peronismo sigue siendo el sujeto más estudiado y discutido de la historia argentina moderna. No obstante su vigencia como actor principal de la política argentina, ha comenzado a ponerse en duda a partir de la derrota electoral que le propinó el macrismo de Cambiemos a todas sus franquicias y sellos.

Nacido como un gran movimiento nacional, con el soporte en los sindicatos y en las Fuerzas Armadas, esta fuerza política que ha sido durante años la expresión popular de la política argentina hoy parece comenzar a agotarse al no tener una conducción aceptada por todos los sectores que lo componen, por la falta de una nueva propuesta que englobe a todos sus partidarios y por la cantidad de procesados por corrupción que tiene.

Los vaivenes y los volantazos realizados por las dos facciones que lo lideraron en los últimos 20 años, el menemismo y el kirchnerismo, que lo han dejado ideológicamente sin rumbo alguno y lejos de acercarse al poder. Hoy cualquiera de esas dos opciones no tiene destino alguno.

Gran parte de la Argentina actual parece haberse decidido a emprender nuevos caminos y los dirigentes peronistas nacionales no saben bien por dónde ir. Temen desaparecer ante su dispersión y su falta de apoyo popular frente a un partido de gobierno que, pese a sus errores y sus limitaciones, se encuentra cómodamente manejando el centro del ring, espacio que otrora el peronismo siempre ocupara.

Cristina Kirchner, al haber hecho abandono de las siglas históricas del Partido Justicialista, ha dejado un vacío no sólo jurídico e institucional, sino que lo ha dejado sin liderazgo alguno, cumpliendo su propio y viejo anhelo de abandonar al peronismo a su suerte.

La dirigencia sindical, que desde 1945 se identificó con el peronismo, hoy se encuentra muy desprestigiada ante la sociedad, dividida, sin jerarquía y con un gran temor de ir a la Justicia y de perder sus bases, a causa del crecimiento de la ultra izquierda. Ellos fueron, más allá de algunas traiciones y negociaciones con el poder de turno, los que sostuvieron las banderas del movimiento en los 18 años de proscripciones.

Por otra parte, la clase media urbana de las grandes ciudades que se acercó al peronismo en estos últimos años, mayoritariamente no se define como peronista, y muchos de ellos siguen apoyando al kirchnerismo. Su número no es destacable y se ha ido achicando, votación tras votación, lo que augura que, de continuar así, se convertirá en un espacio testimonial antisistema.

La actitud de Cristina al irse del Partido Justicialista y fundar Unidad Ciudadana, por lo extraño y torpe, se asemeja a la que protagonizaron los montoneros cuando, en 1975, se fueron a la clandestinidad, olvidándose que del ridículo no se vuelve.

Muchos de los no peronistas parecen preocuparse por la desaparición del peronismo por temor a que sus bases se acerquen a otros espacios de la ultra izquierda y quieren ayudarlo a que se convierta, definitivamente, en un partido político más, no ya como movimiento, sino como un partido político que acompañe a Cambiemos en un sistema democrático bipartidista, como lo fueron el radicalismo y el peronismo desde 1945.

Unidad Ciudadana no podrá liderar esa transformación y absorberlo, no puede hacerlo por las limitaciones de la realidad y por la falta de capacidad de conducción de Cristina, que ya ha quedado demostrada en todas sus decisiones importantes (Amado Boudou, Carlos Zannini, Aníbal Fernández, Oscar Parrilli, La Cámpora, etcétera).

Cristina Kirchner no es, ni fue, socialdemócrata; nunca se interesó por los derechos humanos ni se preocupó por el medioambiente, ni impulsó un debate sobre el aborto, ni se ocupó de elevar el papel de la mujer en la sociedad, ni gravó la renta financiera durante su gobierno. Reivindicó la invasión militar a Malvinas y votó en 1974 al partido FIP de Abelardo Ramos y de Laclau. En la interna de 1988 apoyó a Carlos Menem, no a Antonio Cafiero.

En España se acercó a Podemos, no al PSOE; en Grecia, a Syriza; en Francia, a la France Insoumise de Jean-Luc Mélenchon y en Venezuela apoya a Nicolás Maduro. No es peronista ni es progresista, su ideología es populista, confusa y autoritaria.

Por su parte, los actuales dirigentes, gobernadores y legisladores peronistas siguen negándose  a realizar una severa autocrítica como hiciera la Renovación en 1983 y esperan que sea la realidad la que los devuelva a tener el protagonismo perdido.

Sus estratégicas se dividen en dos. Están los que quieren conservar su pequeño poder, negociando espacios con Cambiemos o aquellos que esperan que una crisis económica los vuelva a rescatar del desierto. Se equivocaron y no quisieron enfrentar a Cristina por temor, dejándole el trabajo sucio a la Justicia y a Macri, sin darse cuenta de que le estaban haciendo un favor electoral a Cambiemos.

Ahora, después de las derrotas electorales y con menor apoyo popular, no saben desde dónde oponerse ante un adversario que les ganó el centro y con un radicalismo oficialista que también lo quiere para sí. Tres partidos políticos bajo el mismo paraguas centrista, no creemos que logren salir todos sin mojarse.

Al Gobierno le interesa tener un adversario diferente del kirchnerismo, aunque sabe que electoralmente le conviene que siga siendo Unidad Ciudadana el adversario, ya que volvería a vencerlo con facilidad. El Congreso marcará cuál es el camino elegido, el que mantendrá a la Argentina dividida o el imprescindible acuerdo con todas las fuerzas políticas democráticas para construir la Argentina del futuro.

El desempeño del Gobierno de Macri obviamente será un factor importante del futuro que le espera al peronismo, aunque, en definitiva, su destino se encuentra en las manos de la inteligencia de sus nuevos dirigentes y militantes que deben acertar el lugar ideológico donde colocarse de cara al futuro.

La pregunta es si elegirán volver a un viejo peronismo de Centro Nacional, como el que hoy postulan algunos de sus principales dirigentes y que lidera Cambiemos; o si optan por otra propuesta moderna y progresista con ideas y propuestas acordes al siglo XXI.

 

Esta nota fué publicada en el diario Infobae el día 8 de noviembre de 2017

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Xi Jinping es el nuevo líder central

En este segundo mandato de Xi, China será un actor fundamental en el mundo que se avecina

Los congresos del Partido Comunista Chino que se celebran cada cinco años suelen establecer el camino a recorrer por la nación china. Este congreso que reúne a 2300 delegados y donde se eligen a los 205 miembros del Comité Central, además de tener suma importancia desde el punto de vista político, se desarrolla en un momento histórico trascendente para China, pues tiene la particularidad de ser coincidente con el nacimiento de un nuevo líder central en la inmensa nación asiática: Xi Jinping.

Esta caracterización de dirigente core solamente la obtuvieron el fundador de la República Popular China, Mao Zedong, y el creador de la moderna China, Deng Xiaoping. Es decir, este adjetivo solamente lo han podido sostener los dos grandes hombres que en estos últimos 68 años de la inmensa historia de China fueron los generadores de uno de los cambios más profundos que haya tenido el mundo, en una nación, en un período tan breve de tiempo.

Esta elevación de Xi Jinping, que además de ser secretario general del partido, es el presidente de la República y el comandante de las Fuerzas Armadas, determina con claridad la figura predominante y el eje de los proyectos que China llevará adelante durante los próximos cinco años que durará su conducción.

En sus primeros cinco años de gobierno, Xi llevó adelante una fuerte y a veces cruenta lucha contra la corrupción gubernamental del Estado, y con una sociedad pasiva, acostumbrada a convivir con ella durante años. Se calculan más de un millón los funcionarios despedidos o puestos en prisión, muchos de ellos pagaron con su muerte, su exilio o su destierro; ese fue el precio de la tarea que llevó adelante Xi Jinping.

Desde el punto de vista ideológico, el planteo de las autoridades elegidas en este Congreso, fundamentalmente los siete miembros del Bureau Político del Comité Central del Partido Comunista, que son las personas que cogobiernan China, conjuntamente con el secretario general y el primer ministro, elegidos en este Congreso, son cercanos al nuevo conductor y han sido propuestos con su acuerdo. Es decir, el poder en China se ha concentrado mucho más que con sus antecesores, Hu Jintao y Jiang Zemin. De aquí en más, la figura de Xi, apoyada en el Partido Comunista en forma decisiva, pasa a constituirse en el vértice de una pirámide, centralizando el poder.

No sabemos si esta centralización será temporaria o si ello constituirá una modificación en un esquema de poder distinto al ejercido desde la muerte de Mao Zedong. Esa es la pregunta que se hacen los observadores occidentales y los jefes de Estado de la región: si esto significará prolongar el mandato de Xi por otros cinco años.

El Partido Comunista chino, fundado en 1921 y compuesto por 86 millones de personas, ha sido el órgano más importante de China desde la larga marcha de Mao, y después de que este instalara la revolución en el gobierno. No obstante ello, desde el mandato de Deng Xiaoping, debido a la reforma que efectuó hacia un sistema capitalista y posteriormente con la introducción de la teoría denominada de la triple representatividad, abandonando la tradicional postura de la lucha de clases y reemplazándola por un particular capitalismo, denominado “socialismo con características chinas”.

La hegemonía del Partido Comunista sigue siendo innegable y ahora bajo la conducción de Xi Jinping parece incrementar, aun más, recuperar poder dentro de la estructura superestructural de China. Esta nueva estructura de poder se enmarca en un mundo en el cual China es quien lidera el proceso de globalización y donde Occidente no logra recuperar un liderazgo confiable y respetado mundialmente, y se desenvuelve en continuas marchas y contramarchas que favorecen la acción de un poder que crece sin pausa desde hace 40 años.

También los enfrentamientos entre los Estados Unidos y Corea del Norte, que al sentirse amenazada busca la protección de China para no desarmarse y perder su capacidad militar, y así no quedar disuelta e inerme ante la pujanza comercial y económica de su contracara hermana, Corea del Sur.

Asimismo, la falta de recuperación de la economía en los países desarrollados, en general, hace que desde el interior de ellos se busque mantener una relación afilada con China y con su nuevo líder.

China ha sido en estos últimos cinco años un Estado que ha mantenido un alta presencia internacional en todos los foros que integra, y su voz se ha hecho oír con fuerza tanto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas como en la Presidencia del G20, o en aquellos organismos donde China es, desde su creación, el motor indiscutido, como los BRICS, o la Conferencia de Seguridad de Shanghai.

Actualmente, con la puesta en escena de la denominada “ruta de la seda”, un proyecto de China para llegar más rápidamente por vía terrestre y marítima a los países de Asia central, Medio Oriente y Europa oriental, China se consolida como la potencia emergente que hace crecer el comercio de todas esas regiones, se convierte en el motor económico de todas ellas.

Todo esto nos hace presumir, sin temor a equivocarnos, que, en este segundo mandato de Xi, China será un actor fundamental en el mundo que se avecina. Este congreso del Partido Comunista ha investido a Xi Jinping de un poder que, pese a no ser el representante de Dios en la Tierra, es el hombre más poderoso del mundo.

Esta nota fue publicada en el diario Infobae el día 26 de Octubre de 2017

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La separación, un objetivo inaplicable en la Europa actual

“Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando.” Como expresaba un dicho popular a fines del siglo XV, el casamiento de la reina Isabel de Castilla con el rey Fernando de Aragón instaurando la unión de las dos coronas selló la unidad política de España y constituyó las bases del actual Estado español.

A esta realidad política que lleva cinco siglos, el gobierno regional de Cataluña quiere ponerle fin. Y la particularidad del referéndum convocado para hoy es que no exige una mayoría de votantes, sino que la simple mayoría de quienes vayan a votar basta para declarar la independencia.

El gobierno español ha manifestado su oposición y la Unión Europea (UE) comunicó claramente que no se reconocerá una república catalana bajo ningún concepto.

Algunos independentistas catalanes intentaron apelar a la ONU, buscando apoyo en el concepto de la ” autodeterminación de los pueblos” (como también lo pretenden los isleños en Malvinas), pero no obtuvieron repuesta favorable, ya que su pretensión no resiste el mínimo análisis.

En ese marco, la pregunta pertinente, más allá de sentimientos nacionalistas, es si resultaría conveniente para los catalanes declararse independientes y si es mejor para los ciudadanos y residentes que allí habitan dejar de pertenecer a España, a la UE, dejar la eurozona y no ser miembro de la ONU.

El criterio de mayor peso esgrimido por los separatistas para convencer a los votantes es apelar al dinero que ganarían al separarse; mejor dicho, el dinero que dejarían de pagarle al Estado español si se separaran.

El argumento es que Cataluña mantiene con su esfuerzo y trabajo a las comunidades menos ricas de España y que la “independencia” les permitiría quedarse con esa renta y repartirla sólo entre catalanes. Es decir, Cataluña dejaría de “sostener” a esas regiones y comenzaría a vivir con “lo nuestro”, como lo enseñara, hace un siglo, l’Avi ( el abuelo) Francesc Macia, creador de la idea del separatismo catalán en 1922, cuando no existía la globalización y España vivía en un caos político interminable que terminó en su cruenta guerra civil y, luego, en el advenimiento de la dictadura de Francisco Franco por 40 años.

En nuestros días España, Cataluña y el mundo son otros; Occidente pierde poderío ante el avance de las potencias emergentes, que sumadas a la constante amenaza del fundamentalismo islámico hacen crecer a las ultraderechas (como en Alemania), incrementan las divisiones y debilitan a la UE.

Cataluña nunca se llevó bien con los dos partidos que gobernaron España, el PSOE y el PP. Nunca hubo un líder catalán como primer ministro de España y, poco a poco, los dos partidos políticos nacionales fueron perdiendo poder en Cataluña.

En otros escenarios donde se buscó la independencia -como en Quebec (Canadá), en Escocia o en los países bálticos- los instrumentos para lograrla fueron consensuados entre el poder regional y el central y no fueron llevados a cabo por la voluntad exclusiva de la región que pretendió separarse.

Ésta debería ser la lección que los dirigentes aprendan y ejecuten y negociar con Madrid una salida inteligente, en paz; una solución para ambas partes, y no como pasa ahora, con el llamado a un referéndum que no tiene legalidad jurídica y que es inaplicable en la Europa de hoy.

Todos saben que, más allá del relato de los partidos independentistas que levantan las banderas de la soberanía nacional, la diversidad cultural y el derecho al autogobierno, está la idea de negociar una autonomía fiscal con mayores ventajas.

Hoy la independencia es irrealizable, además de un pésimo negocio y una irresponsabilidad histórica. Ello lo saben mejor que nadie el presidente catalán, Carles Puigdemont, y su gobierno.

Nosotros, mientras tanto, desde aquí preferimos que no se concrete esa salida de España. Sería muy triste ver jugar en el Camp Nou a Lionel Messi una final del campeonato catalán contra el Girona o el Tarragona. Preferimos verlo jugando la Liga española y la de Europa.

Esta nota fue publicada en el Diario La Nación el día 1ro de Octubre de 2017.

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La solución de Venezuela está en manos latinoamericanas

Como el resto de los países hispanoamericanos, la historia de Venezuela ha recorrido, desde su independencia, el camino de las dictaduras, de caudillos que no respetaron a las minorías y de autoritarios e injustos gobiernos de minorías. El caso venezolano, sin embargo, se diferencia del resto cuando el petróleo, a mitad del siglo XX, comienza a ser indispensable para el desarrollo global.

En los años setenta, y fundamentalmente después de la guerra del Yom Kipur en Medio Oriente, se produce un incremento brutal de su precio. Del día a la noche, Caracas se convierte en la capital de un país enriquecido y con un sistema de dos partidos políticos (AD y COPEI) que se turnaban en el poder sin mayores problemas, sin resolver los grandes conflictos del subdesarrollo, con una economía que no distribuía y que dejaba fuera del consumo a la mitad de su población. Pero se votaba continuamente y eso, en una región llena de gobiernos militares, le otorgaba el carné de Estado democrático.

En ese caldo de cultivo social es que nacen Hugo Chávez y el chavismo. Las masas excluidas vieron en él a quien las tenía en cuenta por primera vez. El problema residió en que el petróleo conlleva la denominada “enfermedad holandesa” y, en este caso, de una manera particular: todo se puede comprar en el exterior, ¿entonces para qué producirlo? No es casual que, salvo Noruega, los países grandes productores de petróleo siguen siendo países subdesarrollados.

Chávez no modificó un ápice esta situación, prefirió utilizar el petróleo para “su” política exterior. Tejió una relación muy fuerte con Cuba, lo que le permitía soñar con ser el heredero de la revolución socialista de América Latina, lavando su pasado militar al compás de las alabanzas que Fidel Castro le profería públicamente en compensación del petróleo barato venezolano.

La oligarquía política venezolana, después de su sorpresa, tardó bastante en entender que su país había cambiado y que, para derrotar a Chávez, debía hacerlo a través de las urnas, y con nuevas propuestas. Muchos de estos antiguos gobernantes apoyaron un golpe financiado y sostenido desde el exterior. Su derrota le abrió la puerta a Chávez para incrementar su poder y a la clase política venezolana, su largo camino por el desierto.

Pero la vida, como sabemos, tiene sus sorpresas y así, el líder bolivariano que estaba decidido a conducir a su socialismo del siglo XXI por todo el mundo se murió y en su lugar dejó a quien estaba seguro que podía sacar cuando volviese. Pero no volvió y Nicolás Maduro se quedó con la herencia sin beneficio de inventario.

Su falta de preparación y de carisma para conducir el país, sumada a un proyecto que no era sustentable, fue degradando la situación económico-social y pasó a la fuerza bruta de la represión, a las trampas electorales, a los cambios de distritos, a la represión en las universidades, al control policial en la administración pública, a la falta de libertad de prensa, hasta llegar a disolver a la Asamblea Nacional y reemplazarla por una pseudo Asamblea Constituyente.

En fin, lo que todos los latinoamericanos conocemos de ese camino de ida hacia la dictadura, que lamentablemente ya llegó. Hoy la Venezuela chavista se ha inscrito, innegablemente, en el libro de las viejas dictaduras de nuestro continente; la elección de la Asamblea Constituyente fue el último paso hacia ese abismo.

El tema ya ha trascendido las fronteras y el mundo entero ha tomado conciencia de la situación venezolana. En la región son muy pocos los gobernantes que apoyan a Maduro y su reforma, y los que lo hacen en poco tiempo dejarán de hacerlo ante la falta de libertad y la represión que todos comienzan a conocer, por más que haya silencios cómplices que callan porque les conviene a sus intereses del pasado y no quieren ver la realidad.

En el marco global, la situación de condena de Venezuela no es sencilla. Los Estados Unidos de Donald Trump están más abocados en detener a Corea del Norte que en ocuparse de Venezuela, a la que le compran petróleo, y pese a los discursos desafortunados y perjudiciales que anuncian una posible solución militar, confían en que las contradicciones internas pronto harán eclosión. Los militares de Diosdado Cabello son el verdadero poder y en la Constituyente se harán fuertes.

En el marco de la ONU, China y Rusia, que tienen el derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, no permitirían una sanción a Venezuela; China le compra petróleo y Vladimir Putin busca distinguirse de la política exterior norteamericana donde fuere para seguir haciendo jugar a Rusia el papel de gran potencia, como en su añorada Guerra Fría. Además, Venezuela preside este año a los no alineados.

Es decir, nos toca a los latinoamericanos involucrarnos en este tema y rescatar la democracia en Venezuela. Son entonces los países democráticos de la región, a los cuales el chavismo nos puede acusar de imperialistas y que están asociados a Venezuela por la historia y por varios tratados y acuerdos internacionales como el Mercosur o la OEA, quienes deben impulsar el proceso de democratización en ese país hoy conmovido por la violencia.

Después de que el nuevo canciller Jorge Faurie decidiera promover la exclusión de Venezuela del Mercosur, nuestro país se encuentra a la cabeza de los que llevan adelante esta batalla.

Es en el marco de la OEA, organismo encargado de los conflictos en el continente, donde hay que seguir insistiendo sobre esta cuestión. No se debe dejar que Maduro y el régimen chavista se refugien en un relato antiimperialista falso e inexistente.

No son los “yankees” lo que planean derrocar a Maduro y su violencia, como dice el chavismo, es el pueblo venezolano, en su mayoría, el que no quiere seguir pasando penurias y represión, y son los latinoamericanos los que quieren dar un salto cualitativo y definitivo en toda la región hacia la democracia, la libertad y el respeto a los derechos humanos en todos nuestros países.

Esta nota fue publicada en el diario Infobae el día 24 de Agosto

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Un respaldo clave para las banderas de la Unión Europea

Los medios extranjeros en general, y los argentinos en particular, han venido anunciando en los últimos meses noticias alarmantes para el futuro de las democracias, del libre comercio y de la paz y seguridad internacionales.

Primero fue el Brexit. En segundo lugar vino el sorpresivo triunfo de Donald Trump. Ese mundo, que pareció que también afectaría a Francia, tuvo su mayor freno político con el triunfo de Emmanuel Macron ante el populismo derechista de Marine Le Pen. El discurso de Macron, un político joven y liberal, reivindicó precisamente las banderas que se habían dado por derrotadas: la Unidad Europea, la fortaleza del euro como moneda común y la vigencia de un comercio multilateral pujante y lo más abierto posible.

Las crisis que han sufrido las sociedades de los países desarrollados en el último par de décadas se debieron a que el mundo ya no es más exclusivamente de Occidente. Los nuevos emergentes, con China a la cabeza, empezaron a modificar las relaciones del poder mundial. La riqueza se comienza a producir y a repartir de otra manera.

Este fenómeno, sumado a la enorme cantidad de refugiados que se desplazaron hacia Europa occidental, hicieron que los habitantes se sintiesen amenazados, con miedo a perder sus años de privilegios. La derecha del Frente Nacional le dio a esa reacción cultural una oferta política.

La sociedad francesa, aunque cansada y enojada por la amenaza terrorista islámica, supo elegir y optó por el candidato mejor preparado para afrontar los tiempos difíciles de una Europa sin el Reino Unido, una Rusia pujante y agresiva, un Estados Unidos con dudas y propuestas nacionalistas, y una China cada vez más dispuesta a ocupar su lugar en las grandes ligas.

Macron supo dominar el difícil tablero electoral sin contar con un partido político tradicional, y con el lastre de haber sido ministro de un gobierno socialista que finaliza con un bajo nivel de aprobación popular.

Su triunfo vuelve a encender la esperanza de un mundo mejor, abierto, en equilibrio con las potencias poderosas, y puede otorgarle valores insustituibles al nuevo orden internacional, que necesita una renovación y transformación urgentes para poder derrotar las enormes desigualdades entre países (y en el interior de ellos) y alejar de ese modo los peligros del terrorismo y el narcotráfico, además de detener las migraciones forzadas.

En septiembre próximo se realizarán elecciones en Alemania, el país económicamente más poderoso de la Unión Europea. Las posibilidades del populismo allí son ínfimas ya que el bipartidismo demócratacristiano y socialdemócrata monopoliza todas las encuestas de opinión. Sumado al de Macron, cualquier resultado servirá para fortalecer la Unión Europea y ordenar nuevamente su papel en la construcción del nuevo orden internacional.

Esta nota fue publicada en el Diario La Nación el día 8 de mayo de 2017.

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