La solución de Venezuela está en manos latinoamericanas

Como el resto de los países hispanoamericanos, la historia de Venezuela ha recorrido, desde su independencia, el camino de las dictaduras, de caudillos que no respetaron a las minorías y de autoritarios e injustos gobiernos de minorías. El caso venezolano, sin embargo, se diferencia del resto cuando el petróleo, a mitad del siglo XX, comienza a ser indispensable para el desarrollo global.

En los años setenta, y fundamentalmente después de la guerra del Yom Kipur en Medio Oriente, se produce un incremento brutal de su precio. Del día a la noche, Caracas se convierte en la capital de un país enriquecido y con un sistema de dos partidos políticos (AD y COPEI) que se turnaban en el poder sin mayores problemas, sin resolver los grandes conflictos del subdesarrollo, con una economía que no distribuía y que dejaba fuera del consumo a la mitad de su población. Pero se votaba continuamente y eso, en una región llena de gobiernos militares, le otorgaba el carné de Estado democrático.

En ese caldo de cultivo social es que nacen Hugo Chávez y el chavismo. Las masas excluidas vieron en él a quien las tenía en cuenta por primera vez. El problema residió en que el petróleo conlleva la denominada “enfermedad holandesa” y, en este caso, de una manera particular: todo se puede comprar en el exterior, ¿entonces para qué producirlo? No es casual que, salvo Noruega, los países grandes productores de petróleo siguen siendo países subdesarrollados.

Chávez no modificó un ápice esta situación, prefirió utilizar el petróleo para “su” política exterior. Tejió una relación muy fuerte con Cuba, lo que le permitía soñar con ser el heredero de la revolución socialista de América Latina, lavando su pasado militar al compás de las alabanzas que Fidel Castro le profería públicamente en compensación del petróleo barato venezolano.

La oligarquía política venezolana, después de su sorpresa, tardó bastante en entender que su país había cambiado y que, para derrotar a Chávez, debía hacerlo a través de las urnas, y con nuevas propuestas. Muchos de estos antiguos gobernantes apoyaron un golpe financiado y sostenido desde el exterior. Su derrota le abrió la puerta a Chávez para incrementar su poder y a la clase política venezolana, su largo camino por el desierto.

Pero la vida, como sabemos, tiene sus sorpresas y así, el líder bolivariano que estaba decidido a conducir a su socialismo del siglo XXI por todo el mundo se murió y en su lugar dejó a quien estaba seguro que podía sacar cuando volviese. Pero no volvió y Nicolás Maduro se quedó con la herencia sin beneficio de inventario.

Su falta de preparación y de carisma para conducir el país, sumada a un proyecto que no era sustentable, fue degradando la situación económico-social y pasó a la fuerza bruta de la represión, a las trampas electorales, a los cambios de distritos, a la represión en las universidades, al control policial en la administración pública, a la falta de libertad de prensa, hasta llegar a disolver a la Asamblea Nacional y reemplazarla por una pseudo Asamblea Constituyente.

En fin, lo que todos los latinoamericanos conocemos de ese camino de ida hacia la dictadura, que lamentablemente ya llegó. Hoy la Venezuela chavista se ha inscrito, innegablemente, en el libro de las viejas dictaduras de nuestro continente; la elección de la Asamblea Constituyente fue el último paso hacia ese abismo.

El tema ya ha trascendido las fronteras y el mundo entero ha tomado conciencia de la situación venezolana. En la región son muy pocos los gobernantes que apoyan a Maduro y su reforma, y los que lo hacen en poco tiempo dejarán de hacerlo ante la falta de libertad y la represión que todos comienzan a conocer, por más que haya silencios cómplices que callan porque les conviene a sus intereses del pasado y no quieren ver la realidad.

En el marco global, la situación de condena de Venezuela no es sencilla. Los Estados Unidos de Donald Trump están más abocados en detener a Corea del Norte que en ocuparse de Venezuela, a la que le compran petróleo, y pese a los discursos desafortunados y perjudiciales que anuncian una posible solución militar, confían en que las contradicciones internas pronto harán eclosión. Los militares de Diosdado Cabello son el verdadero poder y en la Constituyente se harán fuertes.

En el marco de la ONU, China y Rusia, que tienen el derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, no permitirían una sanción a Venezuela; China le compra petróleo y Vladimir Putin busca distinguirse de la política exterior norteamericana donde fuere para seguir haciendo jugar a Rusia el papel de gran potencia, como en su añorada Guerra Fría. Además, Venezuela preside este año a los no alineados.

Es decir, nos toca a los latinoamericanos involucrarnos en este tema y rescatar la democracia en Venezuela. Son entonces los países democráticos de la región, a los cuales el chavismo nos puede acusar de imperialistas y que están asociados a Venezuela por la historia y por varios tratados y acuerdos internacionales como el Mercosur o la OEA, quienes deben impulsar el proceso de democratización en ese país hoy conmovido por la violencia.

Después de que el nuevo canciller Jorge Faurie decidiera promover la exclusión de Venezuela del Mercosur, nuestro país se encuentra a la cabeza de los que llevan adelante esta batalla.

Es en el marco de la OEA, organismo encargado de los conflictos en el continente, donde hay que seguir insistiendo sobre esta cuestión. No se debe dejar que Maduro y el régimen chavista se refugien en un relato antiimperialista falso e inexistente.

No son los “yankees” lo que planean derrocar a Maduro y su violencia, como dice el chavismo, es el pueblo venezolano, en su mayoría, el que no quiere seguir pasando penurias y represión, y son los latinoamericanos los que quieren dar un salto cualitativo y definitivo en toda la región hacia la democracia, la libertad y el respeto a los derechos humanos en todos nuestros países.

Esta nota fue publicada en el diario Infobae el día 24 de Agosto

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